La secuencia se repetía de forma tan previsible que se volvía casi cómica. La persona manda un mensaje a las 22 h preguntando precio y disponibilidad. Nadie responde, porque a las 22 h nadie está trabajando. Al día siguiente ya lo resolvió con otro profesional. El interés existía: faltó alguien del otro lado en el minuto en que existía.
Durante el horario laboral el problema cambia de forma sin mejorar. Responder mensajes entre una consulta y otra significa atender mal a los dos: al cliente que está en la sala y al que está en el celular. Y las preguntas se repiten: el mismo precio, la misma dirección, el mismo “¿aceptan seguro médico?” explicado otra vez, varias veces en el mismo día.
La solución tradicional es contratar a alguien para la recepción, y de verdad funciona. Pero trae costos laborales, turnos, vacaciones y el día en que la persona falta. Para el profesional independiente y para la clínica pequeña esa cuenta rara vez cierra, así que el celular se sigue respondiendo en los ratos libres. Fue ese segmento, el de quienes no tienen el tamaño para una recepción, lo que nos hizo construirlo.